Un equipo de ingenieros en Estados Unidos desarrolló un motor espacial que hace girar uranio líquido a velocidades brutales para calentar hidrógeno. El diseño promete duplicar la eficiencia de los cohetes actuales. Pero entre las simulaciones y un motor real queda un abismo de pruebas que determinará si esta tecnología radical funciona o se queda en papel.
El problema que este motor intenta resolver
Llegar a Marte con motores químicos toma nueve meses. Nueve meses donde la tripulación enfrenta radiación cósmica, pérdida de masa muscular y el desgaste psicológico de flotar en una cápsula del tamaño de un departamento pequeño. Reducir ese viaje a cuatro o cinco meses no es lujo. Es necesidad médica.
El motor de cohete nuclear térmico centrífugo (CNTR) ataca el problema desde un ángulo radical: uranio fundido girando dentro de centrífugas a 5,000 revoluciones por minuto. Ese uranio alcanza 5,000 Kelvin, casi tan caliente como la superficie del Sol. El calor sobrecalienta hidrógeno que se expande violentamente por una tobera. El resultado: empuje.
La diferencia con los motores químicos es radical. Los químicos queman combustible. El CNTR calienta hidrógeno sin quemarlo. Esa diferencia técnica produce impulso específico de 1,500 a 1,800 segundos, según reportes de la NASA. Los mejores motores químicos rondan 450 segundos.
Impulso específico mide cuánto empuje produces por cada gramo de combustible. Piensa en kilómetros por litro, pero para cohetes. Más impulso específico significa menos combustible para la misma distancia. O la misma cantidad de combustible para el doble de carga.
En términos concretos: llevar la misma nave a Marte con la mitad del combustible, o duplicar la carga útil con el mismo combustible.
Por qué hacer girar uranio fundido tiene sentido (aunque suene radical)
El truco está en la fuerza centrífuga. Funciona como cuando giras un molcajete con agua: el agua se pega a las paredes, no se derrama. El CNTR usa ese principio, pero a velocidades industriales.
El uranio fundido presiona contra las paredes de la centrífuga mientras gira. A 5,000 Kelvin, el uranio corroe casi cualquier contenedor estático conocido. La solución no es encontrar un material invencible. La solución es nunca dejar que el uranio esté quieto.
La rotación constante distribuye el calor. Evita puntos de sobrecalentamiento que fundirían incluso tungsteno o molibdeno. El sistema teórico incluye 37 elementos centrífugos operando simultáneamente, según publicaciones en el Journal of Nuclear Science & Engineering.
Coordinar 37 centrífugas rotando con uranio fundido es ingeniería extrema. Cada centrífuga adicional multiplica la complejidad exponencialmente.
Por qué esto importa para México y América Latina
México tiene historia en física nuclear que pocos conocen fuera de círculos especializados. El Instituto Nacional de Investigaciones Nucleares (ININ) en el Estado de México opera reactores experimentales desde 1972. La UNAM colabora con el CERN en física de partículas. Dereum Labs y Nahomi Research desarrollan tecnología aeroespacial desde Querétaro y Jalisco.
Un motor como el CNTR ilustra principios directamente aplicables en manufactura de precisión mexicana: manejo de materiales extremos, sistemas de contención térmica, optimización bajo restricciones físicas brutales.
El impulso específico duplicado tiene implicaciones económicas radicales. Menos combustible significa cargas de lanzamiento más pequeñas. Costos menores. Acceso más democrático al espacio profundo. Eso podría abrir puertas para agencias espaciales latinoamericanas emergentes.
La Agencia Espacial Mexicana (AEM), aunque enfrenta desafíos de financiamiento, mantiene colaboraciones con NASA y ESA. Tecnologías como el CNTR podrían permitir misiones regionales conjuntas que hoy parecen financieramente imposibles.
Reducir costos de propulsión por factor de dos cambia qué países pueden permitirse exploración espacial tripulada.
El uranio fundido tiene tres enemigos mortales
Primer enemigo: derretir su propio contenedor
Los ingenieros integran erbio-167 en las aleaciones de las centrífugas. El erbio-167 es un isótopo raro que absorbe neutrones. Estabiliza la temperatura. Evita que zonas específicas se sobrecalienten y fallen.
El diseño propuesto usa uranio de bajo enriquecimiento (HALEU) al 19.75 % en peso con moderador de hidruro de zirconio. Los materiales candidatos para las paredes incluyen molibdeno, tungsteno, carburo de zirconio y carburo de silicio. Todos deben sobrevivir contacto directo con uranio fundido. Y resistir vibración constante sin agrietarse.
Segundo enemigo: evaporarse y contaminar todo
A temperaturas extremas, parte del uranio se vaporiza inevitablemente. Si ese vapor escapa, el sistema pierde combustible nuclear costoso. Peor: contamina componentes críticos del motor.
La solución teórica: dielecroforesis. Funciona como un imán para partículas metálicas, pero usando electricidad en lugar de magnetismo. Campos eléctricos atrapan el uranio vaporizado antes de que escape.
El sistema teórico captura el 99 % del uranio vaporizado.
Pero informes de Phys.org y NASA advierten que estas técnicas de recuperación aún requieren pruebas de banco antes de validarse.
Tercer enemigo: alcanzar la eficiencia prometida
Las simulaciones muestran impulso específico de 1,512 segundos bajo condiciones ideales. Pero entre simulación y laboratorio existe una brecha considerable.
El diseño requiere escalar desde una centrífuga experimental a 37 operando simultáneamente. Cada centrífuga debe girar a velocidades síncronas sin desbalancearse. El uranio fundido debe distribuirse uniformemente mientras el sistema acelera, desacelera y maniobra.
Balancear múltiples centrífugas con uranio fundido es el desafío real. Determinará si el CNTR pasa de teoría prometedora a hardware funcional.
Cómo se compara con otros motores nucleares espaciales
El CNTR no es la única tecnología nuclear espacial en desarrollo:
Motores iónicos nucleares usan reactores para generar electricidad que acelera iones a velocidades altísimas. Son extremadamente eficientes para misiones de años. Pero generan empuje minúsculo. Inadecuado para misiones tripuladas donde el tiempo importa.
Reactores nucleares de estado sólido mantienen el combustible nuclear en forma sólida. Calientan fluidos de trabajo indirectamente. Son más seguros y técnicamente maduros. Pero alcanzan temperaturas menores que el uranio fundido. Eso limita su impulso específico a unos 900 segundos.
El CNTR con propelentes almacenables como metano o amoníaco alcanza estimaciones de 1,000 segundos. Con hidrógeno, las estimaciones suben a 1,500-1,800 segundos.
El CNTR promete el mejor balance entre empuje alto y eficiencia extrema. Para misiones tripuladas a Marte, cada mes ahorrado en tránsito reduce exposición a radiación cósmica y riesgos psicológicos de la tripulación.
Qué falta antes de ver esto en un cohete real
El CNTR está en etapa de investigación. No existe prototipo nuclear a escala completa ni hardware de vuelo públicamente documentado.
El programa DRACO (Demonstration Rocket for Agile Cislunar Operations), lanzado en 2023, originalmente apuntaba a demostrar propulsión nuclear térmica convencional. No el diseño CNTR. DARPA cerró su participación a mediados de 2025, marcando el programa como «completo».
Para que el CNTR avance, el equipo necesita:
- Pruebas de confinamiento de uranio fundido en laboratorio
- Validación de ciclos térmicos repetidos sin fallas catastróficas
- Escalado del sistema de centrífugas a conjunto coordinado
- Integración con sistemas completos de cohete: navegación, control térmico, seguridad
Universidades estadounidenses como Ohio State University y University of Alabama en Huntsville participan en investigación CNTR. Han publicado estudios revisados por pares entre 2023 y 2025 en revistas como Acta Astronautica.
El camino hacia Marte
Motores químicos llevaron humanos a la Luna. Motores nucleares térmicos podrían llevarlos a Marte y más allá.
El uranio fundido rotando a velocidades industriales no es ciencia ficción. Es ingeniería extrema. El tipo de solución radical que requieren problemas radicales.
Las simulaciones funcionan. Los materiales existen. Pero entre simulación y motor funcional hay un abismo de validación experimental.
¿Veremos el primer motor CNTR encenderse en órbita terrestre antes de 2035? ¿Será México parte de esa conversación, aportando manufactura de precisión o investigación en materiales extremos?
La respuesta depende de decisiones tomadas hoy en laboratorios de tres continentes. Y de cuántos países deciden que el espacio profundo no es territorio exclusivo de tres potencias, sino un destino compartido que requiere ingeniería compartida.








